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Remotamente el mundo empezó siendo un experimento que nos hablaba acerca de los límites a los cuales puede llegar ser con tal de sentir. Así fue que apareció la vida en su mínima expresión, y la evolución. A medida que los seres más prehistóricos morían por sentir, el experimento se fue complejizando, hasta que fue necesario introducir a un ser realmente complejo, inteligente, vivaz, capaz de crear estructuras mentales del más alto nivel. Evolucionó en la tierra el ser humano. El tiempo transcurrió, las vivencias se volvieron más fuertes. Se pasó de la amenaza de la naturaleza a la amenaza social. Se les dio guerras y paz. Alianzas y traiciones. Se les dio a conocer lo que es el amor. Fue expuesto a todos los sentimientos existentes en el universo, y hasta el mismo humano incorporó otros cuantos más. Por fin tanta investigación rendía sus frutos; el ser Humano buscaba diferentes maneras de sentir, inventaba lo que fuese necesario para poder probar las diferentes experiencias. Sin embargo, para los sentimientos más primitivos, los más esenciales, seguía sin conseguir respuesta. No había inventos para sentir amor. Los creadores del experimento no pudieron más que sorprenderse al darse cuenta, que aún así, el ser Humano, también, estaba dispuesto a morir por amor.
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